Alicia Molina

México

Alicia Molina nació en la Ciudad de México en 1945. Es comunicóloga, guionista, investigadora en televisión educativa y escritora.

Fomenta la integración de niños con discapacidad, lo que refrenda con la publicación, pedagógica, de Todos significa todos. La inclusión de niños con discapacidad en actividades de arte y cultura, ensayo que plantea que el arte y la cultura son medios especialmente útiles para ayudar a la inclusión de los niños con discapacidad. Para fomentar la inclusión ha incursionado en medios audiovisuales, como guionista y productora de televisión, y como escritora de libros infantiles, entre los que destaca El cristal con el que se mira o Tache al tache, libro que invita a los niños a expresarse desde lo más profundo del ser y hacer de su realidad no sólo un cuestionamiento sino una revelación provocada por aquella misma limitación que excluye y reflejar su perspectiva. También ha publicado varios libros de literatura infantil como El agujero negro, La noche de los trasgos, No me lo vas a creer, El zurcidor del tiempo y El cristal con que se mira. Es ponente magistral en el 34 Congreso Internacional IBBY.

CONFERENCIA MAGISTRAL 1: CONCEPTO DE INCLUSIÓN

“Que todos signifique todos” es el lema de nuestro congreso. Se eligió para evidenciar que en nuestras sociedades todos no siempre significa todos, por lo menos, no para todos.

Si queremos salir de este galimatías, la primera cuestión sería explorar cuál es el significado del término, que viene del latín totus para denotar que hablamos de la totalidad, de la tribu de tribus.
Me gusta particularmente la acepción en inglés, “everybody”, literalmente cada cuerpo, porque alude a que para integrar el todo, cuenta
cada persona.

Una de las necesidades básicas del ser humano es la de ser reconocido como parte de su comunidad, de sus próximos, de sus prójimos. La experiencia fundante de pertenecer de raíz, esto es, orgánicamente. No un mero estar allí, sino una participación real, activa y natural que se nutre del grupo y contribuye con sus aportaciones a crear y fortalecer la comunidad. A partir de esa vivencia el ser humano define su identidad.

Sin embargo, muy fácilmente el “todos” se fragmenta y se divide separándonos en “nosotros” y “los otros”.

Este ir y venir de la unidad a la fragmentación es una dinámica constante.

A veces percibimos al otro como eso ajeno que nos amenaza y nos atemoriza. Entonces defendemos y afirmamos nuestra identidad negándolo o ignorándolo como si el hecho de reconocerlo supusiera una suerte de infidelidad o de traición al grupo.

También hay situaciones en las que con la intención de integrarlo le imponemos una identidad y unos valores que son los nuestros, obligándole a negarse a sí mismo, a esconder la diferencia, a avergonzarse de ella.

En la enorme aldea global la interacción de culturas da lugar a un roce constante, donde las identidades se viven frecuentemente amenazadas.

Javier Melloni nos dice: “cada individuo tiene y cultiva diversas pertenencias porque construye diferentes vínculos: la etnia, la nacionalidad, la comunidad lingüística, el género, la confesión religiosa, la clase social, la profesión, incluso la afición. Cuando uno de estos vínculos se ve amenazado, tendemos a defenderlo absolutizándolo, cuando se reduce la identidad a una sola pertenencia, a visión del mundo se distorsiona creando un nosotros contra los otros” 1

La construcción de una cultura plural requiere la transformación que nos lleve a la plena aceptación de la diversidad y la reciprocidad. Octavio Paz nos invita a dar ese salto: “En una sociedad realmente libre ––nos dice– lo importante sería el cultivo de las diferencias pues aquello que nos distingue es aquello que nos une”.

Entonces el diferente ya no es el enemigo a vencer, sino el portador de una perspectiva nueva, que devela un ángulo de la realidad que complementa al mío. Si es verdad que los seres humanos estamos llamados a descubrir juntos el misterio de lo real, la diferencia resulta una riqueza imprescindible porque nos hace complementarios y es el punto nodal para pasar de la competencia a la cooperación. La otredad me libera de quedar encerrado y sin crecer, atrapado en mi propia visión del mundo.

La reciprocidad y el encuentro se fundan en la conciencia ineludible de que yo también soy el otro para el otro.

El reto es cultivar la riqueza de la diversidad, respetando las especificidades de cada uno y profundizar el sentido de la pertenencia a un nosotros mucho más amplio. El puente es la palabra, y la calidad del diálogo depende de nuestra disposición a acoger al otro.

El primer paso en el camino de la inclusión es el reconocimiento de que hemos excluido a alguien. Esto, que parecería una perogrullada, no lo es. En realidad, negamos con mucho tesón las evidencias de exclusión. Cuando apartamos, discriminamos y anulamos, desviamos la mirada para no ver lo que hacemos.

“Perdón, no te ví”, decimos cuando atropellamos a alguien y es que, en realidad, el mecanismo más efectivo de exclusión es hacer invisible al otro.
No se requiere, como en los cuentos de hadas, de una varita mágica. Basta educar a nuestros niños para que no vean, así cuando observan con curiosidad a alguien que es diferente los reconvenimos:

-No lo mires, sentenciamos, es de mala educación.
Con este comentario transformamos su abierta y natural curiosidad en una mirada oblicua, de reojo, cargada de recelo y desconfianza.

(¿Qué siente el que es esquivado? A mí me lo revelaron las preguntas de mi hija Ana cuando tenía siete años ¿Por qué es malo verme? ¿También es mala educación si yo lo veo? )
Otra forma de marginar es poner a los que son diferentes fuera de nuestro círculo. Hacer nuestro espacio inaccesible para ellos:

Escaleras, puertas estrechas, pequeños obstáculos irremontables si vas en silla de ruedas, si usas bastón, si requieres apoyos...

La gran cantidad de obstáculos físicos de nuestras ciudades, la falta de transportes accesibles, la ausencia de señalización para quienes no ven o no escuchan, hacen que el simple hecho de salir a la calle se vuelva un desafío agotador. Recluidos en sus casas están mejor y son invisibles para nosotros.

La arquitectura no sólo pone obstáculos para las personas con discapacidad, también puede expulsar a base de lujo y ornato. Cuando todo es tan imponente, muchos se reconocen fuera de lugar en ese ambiente.

En el pueblo de Nepantla, donde nació Sor Juana, y para celebrar su vida y su obra, se hizo una enorme casa de la cultura. La construcción se le asignó a un gran arquitecto que hizo en este pequeño poblado una réplica suntuosa del Colegio de México. Han pasado varios años y sigue siendo muy difícil que sus habitantes se acerquen a ese espacio que no sienten suyo.

La falta de accesibilidad a la información para los hablantes de lenguas indígenas, para las personas ciegas o sordas, para quienes tienen discapacidad intelectual, por ejemplo, hace que no se sientan convocadas a participar.

Hay un forma de arrogancia, que se da a nivel colectivo, y también con mucha frecuencia en el ámbito personal, que nos lleva a percibirnos a nosotros mismos como el referente, la norma y de allí devienen todos los horrores de “lo normal”.

El concepto de normalidad no está en la naturaleza, es un constructo cuya definición resulta difícil y controvertida. Se origina en la segunda mitad del siglo XIX y nace con la estadística y con la obsesión de contar y comparar. La curva de Gaos, que estudiamos en la preparatoria, establece la medida de todas las cosas y se entroniza como deber ser. Nos olvidamos de lo evidente, nos olvidamos de que cada quien es para sí mismo el 100%, la verdadera referencia.

(Aquí quiero contarles una anécdota personal: Cuando Ana iba a la primaria tenía un compañero con una parálisis cerebral mucho más severa que la de ella. No podía hablar y se comunicaba con los ojos. Yo, de una forma simplista y tonta, como para quitarle importancia a la discapacidad de mi hija, comenté que la de Jorge si era muuuy grave. Ana me contestó con una frase que me marcó: Ma, no entiendes nada. Si no lo comparas, Jorge es perfecto. )

Pero volvamos al concepto de lo normal. Lo que queda fuera de la curva abstracta, sale de la norma, se le pone la etiqueta de anormal y se le aparta para ser tratado de manera especial y por especialistas. Hemos conseguido pintar
nuestra raya.

Eran más sabios los griegos que hablaban de ideal. Cuando esculpían la belleza de Afrodita o de Apolo lo hacían a partir de elementos tomados de diversos modelos. De manera tal, que era claro para todos que los dioses eran un ideal, estaban más allá de lo real. Nadie se sentía obligado a ocultar que no se ajustaba a ese patrón.

Hoy la norma ya no la fija la estadística, son los medios, a través de prototipos y patrones, quienes van definiendo lo normal a su acomodo y conveniencia.

Las personas excluidas, por su etnia, su discapacidad, su clase social, su religión, tampoco son visibles en ese espejo deformante de nuestra realidad que son los medios de difusión masiva. Aparecen eventualmente en las noticias, cuando un huracán o un maratón televisivo los vuelve transitoriamente visibles.

De vez en cuando, también aparecen en los programas cómicos, como cuando se hace burla del indito, del homosexual, del hombre gordo. Pero no son parte de la cotidianidad televisada, se les presenta a base de estigmas y estereotipos, no son personajes, son meras funciones en el relato. Tampoco los mexicanos están muy presentes en “nuestra” televisión. El fenotipo nacional, ese que vemos en el espejo, al que saludamos en el metro y en el mercado, no aparece en la tele donde todos son blancos o blanqueados y de preferencia, altos y rubios.

Finalmente, las personas excluidas también están frecuentemente ausentes en las estadísticas. Su invisibilidad nos hace preguntarnos poco por ellas.

Pero todos estos estigmas que separan, agreden, aíslan, cumplen con rigor y a profundidad su cometido cuando se logra que sea la misma persona excluida quien internalice el estigma y se lo apropie. Que sea ella misma quien diga: yo no puedo, yo no quiero, yo no pertenezco.

Hoy estamos reunidos porque queremos pertenecer y queremos que todos pertenezcan, que todos sean todos. Estamos en este Congreso porque la sociedad que deseamos es una sociedad incluyente, esto es, una verdadera comunidad que construya espacios sociales que respondan a la diversidad y ofrezca a todos la experiencia de convivir de forma cooperativa, solidaria y respetuosa, en contextos en los que la heterogeneidad del grupo no sea una limitación sino una riqueza valorada por todos.

Comunicarnos es una aventura a la que estamos llamados los seres humanos para colaborar a construir el mundo y hacer de él un lugar donde crecer juntos. Leer y escribir hace más profunda y amplia esa experiencia. Nos permite entender y modificar la realidad y, también nutrir y compartir nuestros sueños. Nos permite ir encontrando a nuestros pares, a la familia que escogemos más allá del tiempo y del espacio.

Emprender el camino de la inclusión no es una decisión tan fácil, requiere una transformación interna. Es indispensable que cada uno identifique y reconozca, con una mirada honesta, sincera, las rutas, a veces obvias, otras veces sutiles, que ha utilizado para discriminar y hacer a un lado a los otros. Los mecanismos y estrategias de inclusión consisten en identificar y revertir los mismísimos procesos de exclusión.

Una de las estrategias de marginación más eficientes ha sido el negar, deliberadamente o no, el acceso a la cultura escrita a determinados grupos sociales.

En el siglo XVIII fueron excluidos de ella los esclavos, los pobres, los indígenas, las mujeres. Después fue evidente que la lectura podía facilitar que siguieran instrucciones, que se capacitaran mejor para los trabajos que debían realizar y entonces lo que se negaba era la escritura como un signo claro de que no interesaba lo que estos grupos tuvieran que decir.

Hoy todavía hay muchos grupos marginados que son analfabetos funcionales, en un mundo donde está claro que la información es valiosa y donde encontrar a tiempo la información precisa y adecuada es fundamental.

Google 2 nos dice que cada día los seres humanos producimos tanta información como la que se acumuló desde el inicio de la civilización hasta 2003. Esto es, cinco exobytes diarios. Para los que no sabemos qué es esto, el mismo google indica que es un trillón de Bytes y cada Byte equivale a ocho “mordiscos” de información, esto es como a dos palabras.

En el mundo de la información globalizada la lectura se vuelve crucial; necesitamos leer y escribir, comprender lo que leemos y hacernos comprender.

Daniel Goldin 3 señala que “no saber leer y escribir te condena a la exclusión, a ser un objeto y no poder jugar el rol de sujeto porque hay una gran cantidad de interacciones sociales que se ejecutan a través de la lectura y la escritura”.

“Leyendo y escribiendo nos apropiamos del lenguaje y lo empezamos a usar para hacer cosas personales, privadas, públicas.- dice Goldin– “Aprendemos a definir y negociar con la realidad, a crearla y a recrearla, a utilizar herramientas muy generosas para explorarla y participar en ella. Aprendemos a estar con los otros y con nosotros. A negociar quién es cada uno al interior de ese nosotros y lo que constituye ese nosotros. Definimos el todo y nos definimos frente a él”.
El escritor de ciencia ficción Neil Gaiman 4 cuenta una anécdota muy ilustrativa: dice que estando en Nueva York escuchó una conferencia sobre las previsiones que se estaban tomando para la construcción de instalaciones carcelarias; necesitaban un indicador que les permitiera estimar cuál debería ser el crecimiento necesario a mediano plazo.

¿Cuántos prisioneros se espera que habrá en 15 años?, era la pregunta. La predicción que requerían la hicieron a partir de un algoritmo simple: Preguntándose cuál es el porcentaje de niños entre 10 y 11 años que no saben leer y, desde luego, no disfrutan la lectura.

El mismo Gaiman apunta que esta no es una regla simple que se pueda aplicar mecánicamente pues la delincuencia es multifactorial y si este fuera el único elemento determinante no habría criminalidad en los países donde todos leen. Sin embargo sí existe una correlación y el mero hecho de que se establezca la ausencia de lectura como un indicador, debería ser para todas nuestras sociedades una importante señal de alerta que nos llevara a actuar para que ningún niño, sin importar sus condiciones o sus retos, se quede sin acceder a la lectura.

Como en este Congreso se hablará ampliamente de las bondades de la lectura, para no mitificarla es necesario aclarar que leer no nos hace mejores personas, sólo nos abre a otros mundos y a otras experiencias, ampliando nuestra posibilidad de elegir. Y eso puede hacer una gran diferencia.

Sin embargo, aprender a leer y escribir no es suficiente para ser un lector.

Es necesario descubrir el placer, atreverse a emprender la aventura que aguarda en cada texto, desarrollar y nutrir nuestra inteligencia narrativa, esto es, asumir que somos puro cuento.

Nuestra vida está hecha de contárnosla unos a otros. Para comprender la realidad y darle sentido nos la platicamos a nosotros mismos, la compartimos con los demás, la hacemos y la rehacemos. Los seres humanos organizamos nuestra experiencia, construimos nuestra identidad personal e incorporamos la cultura a nuestra vida, a través de la narración, oral o escrita.

Si las palabras dan nombre a las cosas es la narración la que nos permite ordenarlas, interpretar la relación entre actores y acciones, vincular pasado, presente y posible, ensayar la búsqueda de significados. Tanto es así, que la alegría que nos desborda, el miedo que nos atenaza, el pánico de pesadilla, nos desorganizan interiormente y decimos que son “inenarrables”.

Nuestra experiencia inmediata, lo que sucedió ayer o el día anterior, está enmarcada en el relato; con él representamos nuestras vidas y las de otros.

Un indicador de que hemos construido una personalidad sana es el que podamos integrar de una manera coherente lo que pensamos y sentimos, lo que hemos vivido y soñado, para contar nuestra vida de manera inclusiva y honesta. Los psicoanalistas reconocen que la neurosis es el reflejo de una historia insuficiente, incompleta o inapropiada sobre uno mismo.

En el libro La educación, puerta de la cultura, Jerome Brunner 5 comenta que “la producción de historias, la narración, es necesaria para que el niño construya un modo de pensar y de sentir en el que se apoye para crear una versión del mundo en la que, psicológicamente, pueda buscarse un sitio a sí mismo, un mundo personal.

Según este importante pedagogo hay dos formas en las que los seres humanos organizamos y gestionamos nuestro conocimiento del mundo y estructuramos incluso nuestra experiencia inmediata: una parece más especializada para tratar con las cosas físicas, la otra para tratar con la gente y sus situaciones. Estas se conocen convencionalmente como pensamiento lógico científico y pensamiento narrativo.

A través de nuestras narraciones construimos una versión de nosotros mismos en el mundo y es a través de la narración como la cultura ofrece modelos de identidad y de pertenencia a sus miembros. Todas las personas, todos los días contamos historias. Todos los días, otros nos cuentan su versión de las historias que vivimos, y así aprendemos que hay puntos de vista, modos diferentes de organizar las experiencias que compartimos, de manera que tejiendo historias construimos nuestra visión del mundo.

Contamos para comunicar pero, también, para comprender. Contamos para el otro, pero también para nosotros mismos. Narramos nuestros sueños como una manera de empezar a llevarlos a la realidad, porque como dice Efraín Huerta: “Todas las cosas se parecen a su sueño”.

Los libros hacen posible que ampliemos nuestro mundo, que nos dejemos interpelar por historias diferentes y en cierto sentido iguales a las nuestras, por otros sentimientos y percepciones de la realidad, por sueños y fantasías distintos. Este contacto, este proceso dialógico y discursivo, fortalece la construcción de nuestro propio yo, y nos abre al encuentro con los demás.

La literatura es la forma más profunda que el ser humano ha inventado para ponerse en los zapatos del otro, para meterse en su piel, para respirar y sentir con él.

Los niños necesitan una gran variedad de libros que les permitan entrar de lleno en un mundo rico en narraciones e historias, libros en formatos adecuados a sus condiciones específicas, libros en su propia lengua, libros bilingües, en soportes como el braille para los que no ven, los libros narrados en lengua de señas para quienes no oyen, libros de lectura simplificada para los que tienen discapacidad intelectual, libros sobre los temas y en los estilos más variados.

Necesitan también formar parte de ambientes lectores que estimulen su interés a través del diálogo con los libros, sobre los libros y acerca de lo que las historias le provocan a cada quien.

Requieren la mediación y el acompañamiento de otros lectores que trasmitan el entusiasmo, el gozo, ese virus que llega por pasadizos secretos y contagia la pasión por la lectura.

Son indispensables los libros de ficción, la literatura que narra mundos y experiencias vicarias, porque, como dice Octavio Paz, “la experiencia de la literatura es, esencialmente, la experiencia del otro: la experiencia del otro que somos, la experiencia del otro que son los otros...”

Y, sin embargo, muchos de esos otros no están en la literatura, su experiencia no cuenta, no se cuenta. También para la literatura parecen ser invisibles.

Los que han sido excluidos, cuando por fin llegan a los libros no se encuentran en ellos. No están allí para sí mismos ni para los demás. El no hallar la propia experiencia reflejada en las historias que leemos es de alguna manera no formar parte del universo cultural, del imaginario colectivo. Lo que no se nombra, no se ve ni se entiende.

También es posible que estén reflejados como el hombre undimensional. Así el sordo sólo será sordo, como si ese fuera el único atributo que le corresponde. El negro estará allí para hacer “de negro”, el homosexual sólo por su opción sexual, como si esa característica totalizara al individuo. La diferencia entonces separa y excluye pues se borra toda posibilidad de puntos de encuentro.

Quienes escribimos hoy tenemos un desafío enfrente, el de hacer visibles a los hasta hoy invisibles. Pero cómo hacerlo si no estamos en contacto con ellos, si no son parte de nuestra realidad. El primer reto es aprender a ver, comprometernos con la inclusión no como el enunciado de un deber ser políticamente correcto, guiado por un voluntarismo simple, sino como el resultado de una mirada más profunda, diversa y rica sobre nuestro mundo.

Quienes promueven la lectura hoy están llamados a hacer accesible la experiencia de leer por placer a un “todos” cada vez más amplio. Hay que ensanchar las puertas, llamar a cada uno, diversificar los lenguajes, las estrategias.

Cuando la experiencia de la lectura es rica y profunda, cuando descubrimos que una obra es un mundo habitable y no queremos salir de él, empezamos a sentir la necesidad de contar para nosotros y para los demás nuestras propias historias.

Eso es lo que necesitamos, dar el salto de la lectura a la escritura para encontrar nuevas voces que narren su experiencia en primera persona, generando una gama de historias más amplia y compleja, más rica y diversa.

Chimamanda Adichie 6, en una conferencia que se ha difundido ampliamente, nos explica cómo se simplifica y aplana el mundo cuando tenemos una sola historia, una sola versión de la realidad, que se va petrificando con la rigidez de un esquema.

El problema con los estereotipos, –nos dice– no es sólo que sean falsos, sino que son incompletos. Logran que una historia particular se convierta en la única historia.

La sociedad incluyente que queremos construir debe cimentarse en el derecho de cada uno de elegir, definir y contar, para sí mismo y para los otros, su propia historia; debe abrirnos espacios para urdir, para integrar las historias que hacemos juntos, las que definen los contornos de ese nuevo y amplísimo todos.

Discurriendo juntos descubriremos una gran cantidad de cosas sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Nunca sabremos si aprendemos a narrar viviendo o aprendemos a vivir narrando. Probablemente son las dos cosas.

 

1 Javier Melloni Hacia un tiempo de síntesis. pág 24
2 Citado por Neil Gayman
3 Goldin, Daniel. Qué aprendemos cuando aprendemos a leer. Revista Ararú Núm 31, agosto 2000.
4 Neil Gaiman: Why our future depends on libraries, Reading and daydreaming. http://www.theguardian.com/books/2013/oct15/neil-gaiman-future-libraries- reading-daydreaming.
5 Bruner, Jerome. La educación, puerta de la Cultura. Ed Visor, Colección Aprendizaje. Madrid,1997.
6 Adichie, Chimamanda. El Peligro de una sola historia. www.youtube/tedtalks/chimamandaadichie.