María Teresa Andruetto

Argentina

Nació en Arroyo Cabral, en 1954. Es narradora, ensayista y promotora de la lectura. Ganadora del Premio Hans Christian Andersen en 2012, María Teresa Andruetto es una de las narradoras más importantes de la literatura infantil y juvenil.

 

Hija de inmigrantes italianos, motivo que detona su novela Stefano, María Teresa Andruetto es una autora prolífica que ha dedicado su vida a la literatura para niños y jóvenes. Comenzó su ascendente carrera en 1992, con su novela Tama, con la que obtuvo el Premio Municipal Luis de Tejeda, premio que detonó la publicación de varias novelas como Veladuras (Norma, 2005), La Mujer en Cuestión (DeBolsillo 2009), o libros de cuentos como Todo Movimiento es Cacería (Alción, 2002) o los libros de poemas Palabras al rescoldo (Argos, 1993), Beatriz (Argos, 2005), Pavese/Kodak (Ediciones del dock, 2008), Sueño Americano (Caballo negro editora, 2009) y Tendedero (CILC, 2009); la obra de teatro Enero (Ferreyra editor, 2005) y numerosos libros para niños y jóvenes, entre otros El anillo encantado (Sudamericana, 1993), Huellas en la arena (Sudamericana, 1998), La mujer vampiro (Sudamericana, 2000), El árbol de lilas (Comunicarte, 2006) y El incendio (El Eclipse, 2008). Reunió su experiencia en talleres de escritura en dos libros realizados en colaboración, La escritura en el taller (Anaya, 2008) y El taller de escritura en la escuela (Comunicarte, 2010) y sus reflexiones en Hacia una literatura sin adjetivos (Comunicarte, 2009).

 

Ha sido finalista del Premio Rómulo Gallegos por su novela Lengua Madre (2001) y ganadora del Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y juvenil (2010), El Premio Novela del Fondo Nacional de las Artes, el White Ravens de la Internacional Jugendbibliothek, Lista de Honor de IBBY, entre muchos más.

 

Andruetto destaca como escritora por su gran sensibilidad y preocupación para que se preserve la experiencia literaria como un ejercicio de libertad del que nadie debe estar excluido. Por ello, ha estado ligada a la lectura en todas sus vertientes: desde hace más de treinta años ha luchado por el derecho a la lectura en los niños, trabajando en la formación de profesores en promoción lectora y escritura creativa, estructurando planes de lectura municipales y nacionales como el PROPALE (Programa para la Lectura/Universidad Nacional de Córdoba), así como docente. A la par, fue una de las fundadoras de CEDILIJ (Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil en Córdoba).

CONFERENCIA MAGISTRAL 3: LA LITERATURA COMO UNA CASA HOSPITALARIA

Que todos signifique todos, pero ¿qué es todos?

Por debajo de su obra

Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos. Tenía zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido por mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado, tan grandes, que la niña las perdió al atravesar la calle... La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era un mal día: ningún comprador se había presentado, y la niña no había ganado ni un centavo... aquí el comienzo de La pequeña vendedora de fósforos.

Leí por primera vez el nombre de Andersen en la tapa de un libro troquelado con ilustraciones salpicadas de brillantina, una de aquellas adaptaciones de muy baja calidad en las que la hondura, complejidad y sutileza del escritor danés habían perdido (por un camino de sucesivas simplificaciones), su riqueza. Pero así y todo, ahí estaban el patito feo, la vendedora de fósforos, la niña prisionera de sus zapatillas rojas, cuentos que pareciera que ni necesitamos leer porque los han leído por nosotros quienes nos precedieron. Personajes en absoluta soledad, abandonados que quieren entrar a la fiesta del mundo aunque el mundo no ofrezca precisamente una fiesta. De tan simplificadas eran ofensivas aquellas adaptaciones, pero no impidieron que mi interés de niña quedara fijado, como el de tantos otros chicos y chicas de mi época, en un aspecto esencial de la obra de nuestro escritor, tal vez el único aspecto que logró sobrevivir a todas las amputaciones y adaptaciones a las que se vio sometida. Me refiero a la exclusión, a la expulsión que padecen sus personajes y a la tremenda necesidad de inclusión que los habita.

Todos significa todos dice el lema de este congreso y eso parecen pedirnos (con humillación, ruego o grito) la muchacha del mar, el soldadito de plomo, el patito feo, entre otros cuentos del mayor escritor danés de todos los tiempos, adaptados y recortados hasta la casi desaparición en aquellas ediciones argentinas de finales de los años 50 y primeros años 60. Fuerte identificación la de tantos de nosotros con los excluidos de Andersen, singulares viviendo entre extraños, diferentes

en un mundo de iguales. Quién soy. Dónde están los míos. Personajes que, como en el poema de Salvatore Quasimodo, están solos sobre el corazón de la tierra, cisnes en un pueblo de patos, seres míticos en un mundo humano, pobres de toda pobreza en un país helado y mezquino... Como extraterrestres entre terrestres, sus hombres, mujeres, animales y niños son arrancados de su sitio, arrojados a la intemperie, expulsados de hipotéticos paraísos, de concretos privilegios.

¿A qué lugares nos llevan nuestros privilegios, a que lugares no nos dejan ir?, se pregunta la poeta y ensayista norteamericana Adrianne Rich. Pagamos un precio muy alto para disminuir nuestro contacto con el dolor de los demás; creemos tantas veces que es mejor no pensar, no saber. Ilusión de insensibilidad, de auto anestesia que imaginamos podría protegernos y, sobre todo, podría proteger a nuestros hijos. Si la literatura nos permite entrar en el corazón del otro, entonces evitarla nos ayudar a vivir anestesiados. La anestesia en la lectura se obtiene por un camino de fórmulas fijas, estereotipos que impiden penetrar la superficie de los textos y de la vida. Así, la indiferencia puede acompañarnos aún leyendo. Historias narradas en un lenguaje amable e inocuo en las antípodas de lo literario, cuya potencia reside en la posibilidad de inquietarnos, de conducirnos hacia zonas inesperadas de nosotros mismos.

Cuando un escritor se sienta a escribir puede que olvide por un momento las condiciones concretas de su vida, pero son justamente esas condiciones las que por múltiples caminos lo han llevado a escribir de esa manera. La escritura, cuando es verdadera, se alimenta de la experiencia y de la conciencia vital de quien escribe; sólo de ese modo puede hacer crecer en ella misma y en quien lee, la percepción que la une a los otros para que los otros se vuelvan visibles, dejen de ser lo que se ha dejado atrás (Rich). No alcanzan las bonitas palabras ni la frase cuidada ni la trama a punto para trasmitir la riqueza de una subjetividad y quien escribe sabe o debiera saber que el lenguaje opresor puede incluso tener su engañosa música. Quien escribe comprende (y lo comprenderá tarde o temprano su lector) que lo que parecen verdades irrebatibles son construcciones sociales, ventajosas para unos y perjudiciales para otros y que esas construcciones se pueden poner en discusión. Todo niño o niña, todo joven, necesita de una comunidad que lo reconozca, necesita sentir que esa experiencia a la que puede acceder en la lectura (la de un ser humano en otro contexto, en otras condiciones de vida) hubiera podido ser la suya, experiencia y condiciones por las que podrían haberlo premiado o castigado. Los lectores (adultos o niños) vamos a la ficción para expandir los límites de nuestra existencia, porque necesitamos acceder

a otras vidas y a otros mundos, ya que las ficciones son construcción de mundos, instalación de otro tiempo y de otro espacio en este tiempo y este espacio en que vivimos. Construcción de mundos, artificios cuya lectura o escucha interrumpen nuestras vidas y nos obligan a percibir otras vidas. Al escribir y al leer ficciones, se vuelven palpables las infinitas posibilidades que existen en cualquier situación humana y se nos pone ante el desafío de escapar a la asfixia de los estereotipos, de perforar el lugar común para dejar entrar en esos seres inventados la complejidad de la vida. Cuando eso se logra, estamos ante un libro que nos descoloca, un animal completo para decirlo con el poeta Rodolfo Godino, un libro, en fin, verdadero como la vida.

En una población mundial estimada en 7000 millones de personas, según datos del Banco mundial, 1.300 millones están por debajo del umbral de la pobreza, es decir casi dos personas de cada diez. O sea que vivimos en un mundo en el que dos de cada diez personas no tienen cubiertas sus necesidades básicas, en un mundo así de injusto. ¿Qué costos paga el arte cuando se separa de la sociedad de la que forma parte, la sociedad cuyas miserias y riquezas lo alimentan? Las historias que escribo son siempre una extensión de mí mismo, salen de mi vida. Unas veces más enmascarada que otras, la vida de cualquier escritor late por debajo de sus obras, dice el escritor Agustín Fernández Paz, aquí presente. A quienes escribimos, nos produce resquemor la palabra compromiso, una palabra que, en lo que respecta a la literatura, ha sido estigmatizada, pero ¿qué quiere decir comprometerse en literatura? ¿Cuándo una escritura es comprometida? Toda obra es la aventura de una conciencia dialogando con el mundo, en busca de una verdad personal, no dogmática. En la disfuncionalidad, la opacidad y el enrarecimiento, un escritor tiene algo que decirnos sobre una sociedad, un tiempo, una geografía, una cultura. El arte no tiene sentido si no considera que se dirige a una sociedad de la que su discurso se alimenta, dice Griselda Gambaro, lo que nos recuerda que la obra no se hace sólo con palabras y sin dudas no solo con palabras está hecha la obra de Andersen. Alimentados por su complejo de fealdad, por la pobreza de infancia, el alcoholismo de su madre, las múltiples carencias y la tremenda necesidad que tuvo de ser reconocido, alimentados –digo- por esa suma de virtudes y mezquindades que lo habitaron como a cada hombre o mujer sobre la tierra, sus cuentos reflejan un punctum muy alto de exclusión, en ficciones que a casi siglo y medio de su muerte no dejamos de leer, las ficciones del escritor cuyo nombre honra este premio mayor y nos honra. Andersen dedicó a su madre, a la extrema pobreza de su madre, el cuento sobre la pequeña vendedora de fósforos

que en la última noche del año, en la ciudad cubierta de nieve, enciende de uno en uno los fósforos que no ha logrado vender, así como No sirve para nada, se alimenta en el alcoholismo en que la vio desbarrancarse para sortear el frío. A veces me siento como si sacara a los personajes de debajo del hielo con que la realidad los ha envuelto, pero quizás más que otra cosa es a mí mismo a quien estoy desenterrando, dice el escritor israelí David Grossman, en su libro Escribir en la oscuridad. Hoy sabemos que Andersen es un gran escritor porque mirándose a sí mismo, observando lo más propiamente suyo, logró ver más allá de su condición hasta descubrir algo que en su tiempo todavía no había sido expresado o cuya expresión no había encontrado aún su forma estética.

Por encima de los sueños

Aunque hacía por lo menos diez años que trabajaba en y con libros para niños, escuché por primera vez el nombre de Jella Lepman en 1993, de boca de Evelin Höhne, mi directora de beca en la Internationale Jugendbibliotek de Munich. Sin el trabajo de Lepman escritora, periodista y activista política judío alemana que fundó en 1949 la Internationale Jugend Bibliothek de Munich y la dirigió hasta 1957, que fundó el IBBY en 1953 y recibió el primer premio Andersen en 1954, el campo de la literatura destinada a niños y jóvenes sería algo completamente distinto de lo que conocemos. En buena parte se le debe a ella que hoy consideremos a los libros tan necesarios en la vida de los niños y quizás también le debamos el desafío de pensar que el privilegio de acceder desde temprano a la literatura escrita no debiera estar reservado sólo a algunos niños de algunos sectores en la escala social. Necesarios los libros, especialmente necesario el acceso al arte y la literatura como derecho inalienable, extendido a todos nuestros semejantes, en el esfuerzo y la convicción – en línea con Antonio Cândido-, de incluirlos en el mismo catálogo de bienes que reivindicamos para nosotros mismos. Derecho de entrega a un universo fabulado cuyo alimento es indispensable para nuestro psiquismo, porque así como no es posible tener equilibrio psíquico sin la ensoñación, tal vez no haya equilibrio social sin la literatura. La lectura y la escritura enriquecen nuestra subjetividad porque nos ponen frente a nosotros mismos, nos incitan a preguntas, nos ayudan a pensar y a sentir, nos ponen en cuestión, nos permiten acceder a otras experiencias, intentar comprender otras subjetividades. La exploración de una verdad estética personal es lo que nos ofrece el arte, por eso la literatura no es el lugar de las certezas, sino el territorio de la duda y nada hay más libertario y

revulsivo que la posibilidad de dudar, de enfrentarnos a nosotros mismos para poner a nuestras certezas en cuestión.

Comprensión de otras personas y otros pueblos es lo que intentó Lepman con A bridge of Children ́s books, el puente de libros y de niños que refleja su experiencia. Pionera en programas de lectura, mucho de nuestro trabajo se nutre de las instituciones que ella fundó e impulsó, hasta su muerte. Estamos ahora mismo en un lugar que se deriva de lo que ella en su día soñó y entonces es aquí donde me gustaría recordar sus convicciones, el lugar que ocupa la literatura en la vida de las personas y los pueblos, ya que ella supo pronto que leer al otro ayuda a comprenderlo, tal vez incluso que pensar en un hombre se parece a salvarlo, como dijo en uno de sus poemas verticales Rodolfo Juarroz. Políticamente activa, consciente de sus privilegios y de sus diferencias, y de la obligación de emigrar de muchos pueblos y personas a raíz de la intolerancia de otros, Lepman no cesa en su propósito de llevar a los niños alemanes libros de diversos lugares del mundo de modo que, al entrar en contacto con ellos, estén mejor preparados para la paz, la convivencia y la comprensión. Ella entendió que quien lee la experiencia de un otro podría tal vez comprenderlo y que en caso de comprenderlo, no podrá hacerle la guerra; que si ese otro se nos vuelve más humano, no podremos tan fácilmente desaparecerlo; que colocados por intermediación de la literatura en el lugar de un otro, escritores y lectores podemos descubrir las semejanzas que existen entre ese otro y nosotros mismos.

Pero no hablaría de escribir sobre otros, sino más precisamente de escribir desde otro, intentando entrar en su punto de vista, en su percepción del mundo, en su corazón. Escribir desde un otro distinto de nosotros (y mirado en profundidad, todo otro es distinto y es único) es en primer lugar atrevernos a pensar como él, a estar por un momento en su pellejo. El camino que propone la literatura es un camino de conocimiento de ese otro y la cosecha que obtenemos en la lectura consiste en salir de la indiferencia porque al final de un libro quien escribe y quien lee quedan en deuda con la complejidad de razones, intereses, virtudes y defectos de un otro diferente de sí, comprenden que ya no sería tan sencillo desentenderse de su existencia. Escribo para ser comprendido dijo Joseph Brodsky; escribimos no sólo intentando comprender sino también anhelando ser comprendidos en esas zonas aún no domesticadas del nosotros, y entonces aquí quisiera detenerme, en la dificultad de comprender y en la importancia de transitar, en la lectura y en la escritura, esa dificultad. Quisiera recordar que una parte importante de nuestra experiencia lectora proviene de la incomprensión, no comprendemos del todo eso que vamos leyendo y

entonces eso mismo, intentar comprender, provoca el esfuerzo de transitar la lectura de un libro; así es como hemos estado viajando los lectores, de un libro a otro, desde aquellos lejanos días de infancia hasta estos días de hoy. Entonces un buen libro es quizás un libro que nos propone esa dificultad. Esto viene a cuento porque muchos libros editados hoy para niños y jóvenes están escritos en lenguaje y asuntos simplificados al extremo, en línea con lo oficial, lo congelado, lo esperable, evitando y evitándonos pensar. Leer es aprender a entrar en la vida y en la lengua, así la literatura nos ofrece su misterio porque permitiéndonos entrar en un otro diverso, incluirnos en su mundo e incluirlo en el nuestro, nos abre a nuevas experiencias de contacto con el sufrimiento, el asombro, el dolor, el regocijo o la maldad a la vez que nos ofrece la curación de esos sentimientos porque como dice Grossman los libros son el único lugar donde pueden coexistir las cosas y su pérdida. Una vez que las palabras pasan por el cuerpo y por el alma de quien escribe pueden pertenecerle ya al lector, es decir pueden ofrecer el ingreso a un mundo en lenguaje privado, no oficial. Pero para eso, no debiéramos olvidar que el lenguaje es un vehículo, casi diría como el agua, trasmisor de una corriente interna que va desde la subjetividad de quien escribe a la de quien lee y que ese lenguaje necesita de trasparencia suficiente como para conducir hacia el mundo que se narra y de opacidad indispensable como para abrirse a múltiples sentidos. La literatura es generosa con nosotros, profundamente democrática porque nos permite ingresar a su universo desde nuestra particularidad, nos permite a cada uno de nosotros encontrar un camino propio entre sus letras.

Un escritor, buscando una forma inteligible y altamente condensada para las imágenes que persigue, desnudándose a sí mismo pone al desnudo aspectos insospechados de la condición humana. Nos lleva a pensar, al menos por un momento, de otro modo. Nos pone ante el desafío de intentar comprender una situación que va mas allá de nosotros, nos propone identificarnos incluso con lo que repudiamos, para obligarnos a mirar desde otros ángulos, retirándonos los mullidos almohadones de nuestras sagradas convicciones. ¿Y si las cosas fueran de otro modo? Sólo así resulta posible perforar la superficie de tantas versiones superficiales de la vida como nos llegan a través de miles de modos de penetración. ¿Cómo sería nuestra vida si se nos diera vivir como ese otro?

En la vida misma

Cada escritor es hijo de su tiempo; nadie puede crear al margen de las corrientes de los grandes conflictos históricos y sociales. Ningún libro puede sustituir la experiencia, pero ninguna experiencia se basta a sí misma; habrá sido insuficiente nuestra educación si no leemos también libros de poetas y novelistas, de escritores que han indagado acerca de la más delicada de las materias: el hombre, sus sentimientos, su personal manera de reflejar, sufrir o combatir la realidad. Durante mucho tiempo Cervantes, Tolstoi, Kafka, continuarán diciéndonos sobre el hombre, cosas que la sociología y la psicología no nos pueden decir, durante mucho tiempo los poetas nos dirán cosas sobre la lengua y sus posibilidades de expresión, de comunicación y de creación, cosas que no podemos pedir a los lingüistas. No hay que olvidar que un niño no es una flecha que va en una sola dirección, sino muchas flechas que simultáneamente van en muchas direcciones, un centro de actividades y relaciones, una mano que juega, una mente que absorbe, un ojo que juzga. Los niños no crecen en un mundo separado del nuestro, en un ghetto o bajo una campana de cristal, los libros destinados a los niños no son libros fuera del tiempo, no hay ni un solo problema del presente al que los niños no sean sensibles. Los libros para los niños de nuestro siglo no pueden aparentar que el siglo no existe y que no transcurre, tumultuoso, a nuestro entorno, son algunas de las ideas que Gianni Rodari incluyó en su ensayo La imaginación en la literatura infantil. Fue en el año 1984, apenas terminada la dictadura en Argentina cuando con un colectivo de mujeres provenientes de estudios de letras formamos en Córdoba un centro de literatura destinada a niños y jóvenes y, en el marco de dicho centro, la revista Piedra Libre. En el segundo número de aquella revista pudimos reproducir, por gentileza de Perspectiva Escolar y la Associació de Mestres Rosa Sensat, aquel ensayo, dando de ese modo a conocer por primera vez su pensamiento en Argentina, un pensamiento al día de hoy muy arraigado en el trabajo sobre escritura creativa que se hace en mi país. La importancia del desarrollo del imaginario y el trabajo en pos de la inclusión, son algunos de los caminos que Rodari transitó a partir de su experiencia con chicos refugiados. Su fecunda escritura, nueva entre los niños de hoy, no cesa de leerse, como lo demuestran las reediciones recientes de sus libros, pero es en su lugar de maestro que quisiera traerlo aquí, como quisimos llevarlo a los maestros argentinos, en aquellos años de mi iniciación. El autor de Fábulas por teléfono, Los negocios del señor gato, Los enanos de Mantua y Las aventuras de Antoñito el invisible, que comenzó su trabajo docente como tutor en casa de una familia judía que había huido de Alemania y vivía en Sesto Calende, estuvo en contacto temprano con la necesidad, el dolor, la exclusión. Las reflexiones que a partir de esas experiencias anotó en su Quaderno della fantasía, fueron la base de lo

que treinta años más tarde sería la Gramática de la fantasía/ Introducción al arte de inventar historias, el ensayo en el que exploró las leyes de la invención, para ponerlas a disposición de padres, bibliotecarios y maestros. Aunque el romanticismo lo haya rodeado de misterio..., el proceso creativo es inherente a la naturaleza humana, y está al alcance de todos, dijo quien confiaba en el poder de liberación que puede alcanzar la palabra.

Hijo de una obrera y un artesano panadero, huérfano de padre desde muy niño, maestro de niños alemanes que huían del nazismo, la vida de Rodari está debajo de su trabajo como pedagogo, extendiendo aquella frase de Agustín Fernández Paz que mencionaba al comienzo, a cada maestro sobre la tierra consciente de su hacer. Finalmente es eso, la vida a conciencia, lo que unifica al escritor y al docente que, al recibir el Premio Andersen, dijo que La fantasía sirve para explorar la realidad y para explorar el lenguaje..., para ver qué resulta cuando se oponen las palabras entre sí. Por ese camino, nuestro escritor imaginó niños que pudieran explorar la palabra para abrirse al mundo, leerlo, narrarlo y modificarlo; incitó al desacomodo, a percibir lo personal y lo diferente, a luchar contra la domesticación aceptando el sinsentido, consciente de que bajo ese sinsentido aparecerían sentidos nuevos, inesperados.

Que todos signifique todos es el lema de este congreso que busca reflexionar en torno al lugar de la lectura en la construcción de una cultura incluyente, la creación desde la diversidad y la diferencia y los modelos, estrategias y prácticas de inclusión así como los mecanismos de exclusión en la promoción de la lectura, por lo que he pensado en compartir este repaso por tres figuras de la literatura para niños que llegaron a mí en distintos momentos de vida y que desde sus distintos lugares me han hecho girar en torno a centros de atracción/rechazo, inclusión/exclusión. Pero ¿qué significa todos en lo que a la literatura se refiere, cuando la literatura implica siempre una mirada singular sobre un asunto también singular? Pues creo que es justamente ahí, en la intensa mirada a lo singular donde puede nacer la metáfora de un todo que vaya más allá de lo que estamos dispuestos a ver. El debate social, los pobres, los que discriminan o son discriminados, los que no tienen memoria, la violencia familiar y social, las guerras y dictaduras de todas partes y tantos otros asuntos son temas de la literatura, a condición de que haya en su tratamiento una intensa mirada singular sobre una circunstancia y una subjetividad también singulares, porque la literatura para ser útil (para usar una palabra que va contra su esencia) debe conservarse inútil, debe preservar como un tesoro su disfuncionalidad. Desde que existe, desde el comienzo de los tiempos ella mira en lo humano singular, en la lucha de un ser humano entre lo que es y lo que quiere o puede ser. Ella busca una verdad que ni empieza ni termina en

las palabras. Para lograr que esa verdad no sea sólo de palabras, lucha contra lo oficial de una lengua y de una sociedad. Lucha contra la homogenización de los discursos, nos invita a ser personas que piensan y sienten de una manera propia. En fin, aquello que Rodari un día nos enseñó: entrenarnos en el vicio de fabular para viajar hacia el corazón del hombre.

 

Andricain, Sergio y Antonio Orlando Rodriguez. Fernández Paz, Agustín: "La realidad y la fantasía son un continuo" http://www.cuatrogatos.org/show.php?item=621

Cándido, Antonio. El derecho a la literatura. http://es.scribd.com/doc/79984103/El-Derecho-a- La-Literatura

Grossman, David. Escribir en la oscuridad. De Bolsillo, 2011.

Lepman, Jella. A Bridge of Children's Books: The Inspiring Autobiography of a Remarkable Woman (Die Kinderbuchbrücke, 1964). Dublin: The O'Brien Press, 2002; 168 pp.; traducción al inglés de Edith McCormick. ISBN: 0-86278-783-1.

Pavese, Cesare. Il mestiere di vivere. Giulio Einaudi editore, Torino, 1952. Piglia, Ricardo. Luz, critica, acción. RADAR, 16.9.12

Quasimodo, Salvatore. Y enseguida anochece y otros poemas. Hyspamerica ediciones argentina, Buenos Aires, 1983

Rich, Adrianne. Sangre, pan y poesía. Prosa escogida 1979-1985 Icaria- Antrazyt

Rodari, Gianni. Revista Piedra Libre del CEDILIJ (Año 1, No 2; Córdoba, Argentina, septiembre de 1987). Perspectiva Escolar Associació de Mestres Rosa Sensat. Barcelona, España Web: http://www.rosasensat.org