Yolanda Reyes

Colombia

Escritora y educadora nacida en Bucaramanga, Colombia, en 1959. Fue una de las fundadoras de Espantapájaros (Bogotá,) un proyecto pionero en el fomento de la lectura desde la primera infancia. Es autora de numerosos ensayos que recogen su trabajo de investigación en torno a la formación de lectores y ha asesorado a diversas organizaciones nacionales e internacionales en el diseño de programas y lineamientos sobre políticas de infancia, lectura y literatura.

Desde hace más de diez años es columnista habitual del diario El Tiempo de Bogotá y obtuvo Mención Especial en el Premio Simón Bolívar de Periodismo por su columna “El ADN de Colombia”. Dirige la colección “Nidos para la Lectura” de Alfaguara, que ha rescatado, editado y divulgado un conjunto de obras destacadas de la literatura infantil, y dicta el curso “Escribir para niños” en el Máster a Distancia en Libros y Literatura de la Universidad Autónoma de Barcelona y el Banco del Libro de Venezuela.

Entre sus obras literarias figuran:

El terror de Sexto B, Alfaguara (1994). Premio Noveles Talentos de Fundalectura, seleccionado en la Lista de Honor The White Ravens, de la Biblioteca de la Juventud de Munich, y en “Los mejores libros para niños” del Banco del Libro de Venezuela.

Los años terribles, Norma, 2000. Beca de Creación Literaria del Ministerio de Cultura de Colombia y finalista en el Premio Norma-Fundalectura.

Una cama para tres. Alfaguara, 2004, Lista de Honor The White Ravens, de la Biblioteca de la Juventud de Munich.

Pasajera en tránsito, Alfaguara, 2006. Seleccionada por la revista Arcadia de Colombia como uno deLos diez mejores libros del año 2007 en la categoría de ficción.

Otros de sus títulos más conocidos sonLos agujeros negros, El libro que canta, Cucú, Ernestina la gallina, Mi mascotay el ensayo La Casa imaginaria: lectura y literatura en la primera infancia.

CONFERENCIA MAGISTRAL 4: LITERATURA, UN ESPACIO EN EL QUE TODOS PODEMOS RECONOCERNOS

La luz de la oscuridad

Literatura, un espacio en el que todos podemos reconocernos[1]

 

I.

“Yo le he perdido el miedo al dolor de los niños”, me sorprendí mientras me oía decir la frase, frente a un grupo de líderes comunitarios, en una biblioteca. Habíamos llegado a uno de esos pueblos de tierra caliente colombiana que quizás algunos de ustedes podrían asociar con el mítico “Macondo” de García Márquez y que conocemos como pueblos del Caribe, pese a que muchos no tienen vista al mar. La gente de ese pueblo intentaba retomar la vida que se le había roto en antes y después, por causa de una masacre paramilitar, en febrero de 2000, cuando unos hombres armados sacaron a la gente de sus actividades cotidianas, literalmente de su vida cotidiana, y fueron matando, reunidos en la plaza o por las veredas y los caminos de acceso, a muchos hombres y mujeres, a quienes habían estigmatizado como colaboradores de la guerrilla.

Yo conocía la historia antes de ir, la había leído en la prensa en su momento, como supe de otras masacres que ocurrieron en las últimas décadas en mi país y que convirtieron a la población civil inerme en objetivo de guerra, pero una cosa es conocer la historia filtrada por los diarios o asordinada por los noticieros, desde un apartamento en una zona residencial de Bogotá, y otra escuchar a las víctimas, repitiendo ese ritual tan necesario y sanador, de comenzar de nuevo a contar lo que vivieron, aun sin entenderlo. De modo que ahí estábamos, asistiendo a uno de los ritos más antiguos de la humanidad: el de ensartar palabras, unas al lado de las otras, para rebobinar los hechos una y otra vez, –otra vez más, como piden los niños– y no solo para contar la historia frente a nosotros, los forasteros, sino para volvérsela a contar entre ellos mismos: a sí mismos.

Siguiendo jerarquías implícitas, quizás rezagos de un mundo patriarcal, habían hablado los varones al comienzo: primero los líderes con mayor trayectoria, luego otros más jóvenes, hasta que por fin les había llegado el turno a las mujeres. Una de ellas contó que había subido a sus hijos en su burro, con un televisor recién comprado, para que huyeran por el monte y se salvaran –viejos gestos que la literatura ha convertido en símbolos: el burro, los tesoros y, sobre todo, el instinto de  poner a salvo a los niños–, y agregó que todavía, después de tantos años, había muchos detalles acerca de dónde estuvieron sus hijos durante esos días terribles y  qué comieron y por qué caminos se abrieron paso que no se habían contado.

Si bien todos los testimonios eran sobrecogedores, noté, entre los de los hombres y los de las mujeres, una diferencia de matices: los hombres tendían más a relatar hechos, en tanto que las mujeres se detenían más en las sensaciones, las emociones y las palabras que aún no se habían dicho. Enmarcada por la singularidad y por el color de cada voz, la memoria que a veces suele  pensarse como una sola, aquí se revelaba en toda su polifonía: muchas memorias, fragmentos de memorias, con timbres, tonos y también cuerpos diferentes, y noté cómo aquella  discontinuidad entre los hechos que nos motiva a contar una y otra vez para buscar hilos que den unidad temporal y espacial a la brutalidad de los eventos, tenía también variaciones de género. Todo relato, toda memoria, lo sabemos, es una búsqueda de sentido, una interpretación, y como yo había sido convocada a ese encuentro por escribir para los niños, por intentar dar palabra a Los agujeros negros, que es el título del libro que iba a leer en esa biblioteca, quise indagar sobre lo que sabían los niños.

–¿Los niños? –me preguntaron sorprendidos.

–Sí, ¿cómo hablan de esto con los niños?, –insistí, pero al ver sus caras de extrañeza, corregí la pregunta–: ¿Ustedes hablan de esto con los niños?

Me dieron respuestas del tipo “ellos eran muy chiquitos, o no se acuerdan, o no entienden o nacieron después de la masacre”. O “claro que nos han oído hablar de eso, pero directamente así, lo que se dice hablar con ellos, para ellos, no. Como estamos hablando aquí, no.”

Era un pueblo pequeño y los niños mayores y los adolescentes que aún no se habían acostado, revoloteaban por ahí. Habían pasado trece años desde entonces y los adultos no dejaban de hablar de la masacre, no podían dejar de hablar de la masacre, pero creían que los niños no oían.

–Los niños tienen orejas –les solté-, como suelo decirles a los padres de los más chiquitos cuando dicen que no saben cómo manejarlos, con sus hijos ahí, oyéndolos hablar.

– ¿Cuántos años tenías tú en febrero de 2000? –le pregunté a uno de los líderes más jóvenes.

–Once –me contestó. Sentí que la voz le salía en un registro distinto al que le había escuchado en su primer relato y pensé en la lucidez, la sensibilidad de los once años: esa edad en la que tenemos la sintaxis adulta y las preguntas, todas, y está por comenzar la revolución hormonal de la adolescencia. Los hice pensar en cómo eran ellos a los once años, y creo que entendimos desde el fondo de cada infancia que a esa edad se sabe casi todo.

Fue en ese momento cuando salió la frase: Yo le he perdido el miedo al dolor de los niños.

Sonaba fuerte. Y no era cierta, por supuesto. Se me vino a la cabeza una frase de Toni Morrison: “En algunas sociedades hay gente cuyo trabajo es recordar”. Y se me ocurrió que mi trabajo, (nuestro trabajo) estaba anclado sobre eso: recordar y dar palabras. Acompañar a los niños una y mil veces a donde viven los monstruos y a mirarlos fijamente a los ojos amarillos, sin pestañear una sola vez, como hace Max, el rey de todos los monstruos. Al otro día, inspirada en su truco mágico, les leí cuentos a esos líderes adultos, varones en su mayoría, que habían visto matar y morir y habían huido de su pueblo y que luego, en un acto de valentía, habían decidido regresar a ese lugar poblado de fantasmas, para afrontar las tareas de reconstrucción material y simbólica de su tierra arrasada, pero que tenían tanto miedo de hablar con sus niños. Sentada en círculo, mirando fijamente a los ojos brillantes de mi audiencia, me sentí como aquella bibliotecaria del libro de Margaret Mahy, o como la misma Scherezada, tan poco provista para resolver asuntos prácticos, tan vulnerable para correr o hacer tareas de coordinación o fuerza, tan inferior a todos ellos en afrontar tragedias, pero “tan Scherezada”, tratando de buscar palabras para hablar de cosas indecibles; tratando de abrir esos caminos hacia el alma de los niños que han transitado los artistas y que nos llevan de regreso al alma de nuestra propia infancia. Leímos El árbol rojo de Shan Tan y fue conmovedor que un libro sobre un árbol venido de tan lejos nos estuviera dando sombra y albergue en ese pueblo. Lo leímos a dos voces: una niña del pueblo de nueve años, que al parecer lo había leído muchas veces porque se lo sabía casi de memoria, y yo. En una niña están todas las niñas. Pensé en Ana[2], en Bogotá.

II.

Yo no le había perdido el miedo al dolor de los niños.

La mamá de Ana se estaba muriendo. Ana era una de las lectoras de la biblioteca de Espantapájaros y tenía tres años. Por esos días, hablábamos mucho con su padre en el jardín, mientras ella jugaba con otros niños. Se alejaba correteando y regresaba, para tocarlo y cerciorarse de que seguía estando ahí, con esa forma de gravitar alrededor de las conversaciones adultas tan típica de los niños cuando quieren pero temen escuchar lo que decimos. Hablábamos de cómo evolucionaba la madre: si mejoraba o empeoraba, lo cual sucedía intermitentemente, y buscábamos también formas de ayudar a la familia a manejar esos últimos días en los que, pese a todo, no había muerto la esperanza.

La madre de Ana se había ido un día a las urgencias del hospital y, entre una complicación y otra, no había regresado. Había salido de la casa, como otros días cuando empezó su enfermedad, y quizás porque pensó que iba a volver o porque no se estaba sintiendo bien y no quería angustiar a Ana, se fue sin despedirse. Ahora, después de varios meses de estar en el hospital, era importante que se vieran. De todo eso hablábamos en el jardín y hablábamos también con Ana, abrazándola y consolándola cuando se ponía triste, e intentando dar palabras al hecho inexplicable de que su madre, para quien ella era lo más importante, se hubiera ido así, sin decir nada. 

¿Cómo se puede explicar eso?

Aunque mi formación se apoyaba en diversas disciplinas y saberes relacionados con la infancia, yo había tenido un entrenamiento adicional, que voy a llamar “autodidacta”, para hablar con los niños de cosas difíciles y gran parte de ese entrenamiento se lo debía a la literatura que había sido un refugio para lidiar con todo aquello que no me era permitido decir en la vida cotidiana. No fui víctima de alguna censura en particular o de una disciplina férrea, sino, más bien, de esa mezcla de buenas intenciones, instintos domesticadores y, sobre todo, de pánico al dolor de la infancia, que parece regular las relaciones de los adultos con los niños: esa necesidad que entendemos cuando tenemos hijos, y nos duelen sus dolores y sus fracasos más insignificantes, de saberlos felices, saludables, exitosos y sonrientes, aunque sabemos que todo eso, junto, y siempre, es imposible. En ese marco, sé que ustedes lo entienden, no resultaba fácil hablar con niños en un país como Colombia donde vivimos décadas particularmente difíciles, y yo me había ido especializando de  forma abrupta en explicar lo inexplicable: en dar palabras. Alguien tenía que hablar con los niños cuando los adultos abrumados de dolor no sabían cómo enfrentar sus pérdidas, y no solo por el hecho de escribir y de leer para ellos, sino por otras razones que he venido descubriendo con el tiempo, había desarrollado una intuición para acompañarlos en sus duelos. Si los cuentos iban de nuestra biblioteca a las casas de los niños en tiempos cotidianos, con mayor razón tenían que hacerlo en tiempos de guerra. En Espantapájaros podían hallarse libros para ayudar a conversar en momentos difíciles y la literatura nos había envuelto y contenido, nos había hecho conmovernos y llorar, pero también reírnos y jugar. Porque siempre, con los niños, incluso en circunstancias muy difíciles, hay espacio para la risa, para el humor, para el disparate. Ese había sido un aprendizaje, llamémoslo colateral, que le debo también a la literatura para niños: ese viaje al corazón de la infancia que uno hace cuando descubre a Pippa Mediaslargas, a Max, a Matida. O mucho, mucho antes…

En una niña están todas las niñas. Mi mamá había perdido a su padre a la edad de Ana y mi suegra había perdido a su madre a la edad de Ana, (los tres años pueden ser una época difícil de la vida), y al recordar que mi mamá parecía disfrutar leyéndonos un libro tan triste como Sin familia de Hector Malot caí en la cuenta de que era de ella de quien había aprendido esas primeras lecciones literarias relacionadas con el tema de este congreso. La literatura, ese lugar donde se iban muriendo, uno por uno, los personajes de Sin familia, ese lugar donde ella y nosotros podíamos fracasar, morirnos y enfermarnos; ese lugar donde ella no tenía miedo de llorar delante de nosotros y tampoco tenía miedo de nuestras lágrimas, de nuestro dolor, de nuestro miedo, al punto de que incluso parecía propiciarlo, quizás para poder hablar de lo que no hablábamos en otras horas, en horas domésticas, en donde todo tenía que marchar bien: la casa, el colegio, las vacaciones, la familia… La literatura, ese lugar donde cabían los que se sienten excluidos o, más bien, los sentimientos excluidos; ese ir y volver, del mundo real, con sus apremios, al mundo imaginario con sus sueños y sus pesadillas, jugando y gravitando alrededor, entre dos mundos, como hacía Ana, para cerciorarse de que su padre seguía ahí.

Un tiempo después la madre de Ana se murió y tuve que ayudar a su familia a decírselo con las palabras más sencillas. Con las palabras más terribles.

–Pero yo quiero que vuelva mi mamá –dijo esos días, muchas veces. A veces triste, a veces  furiosa, a veces casi en susurros, casi sin aliento, como dándose por vencida, con un hilo de voz.

–No va a volver, mi amor –. No había otra forma de decirlo. Así es la muerte. Nunca más.

Cuando estamos tan tristes, no hay cuento que valga. Solo las lágrimas y solo los abrazos. Entonces Ana se cansaba de llorar, de cierta forma se le olvidaba, y se iba a jugar. El dolor de los niños parece una tormenta que inunda esos cuerpos tan pequeños, pero pasa de repente y, de repente, tienen hambre o quieren jugar. Luego, cuando se acuerdan, vuelve la tristeza. Y se transforma en rabia, y se portan mal, pero luego se ríen. Y se duermen, pero se despiertan muchas veces. Un movimiento de vaivén, entre la pulsión de crecer, que es tan arrolladora, y el ensimismamiento de la pérdida. Entre la memoria del dolor, pero también la desmemoria, porque los niños son ingratos por naturaleza. No son como nosotros que miramos para atrás, que albergamos la nostalgia. Ellos van hacia delante. Necesitan olvidar para recomponerse y avanzar. Sin embargo, paradójicamente, al mismo tiempo, necesitan que alguien reordene el mundo con palabras: ese mundo que se desordenó y del que hubo que salir huyendo.

En ese tiempo leímos muchos libros con Ana. Algunos, recomendados por nosotros, eran esos libros sobre duelo que los que estamos en este congreso conocemos y otros, los que ella seguía eligiendo, eran de temas y géneros diversos, sin aparente relación con la muerte de su madre. Varias veces, ante mi estupefacción, escogió Una cama para tres, un libro escrito por mí e  ilustrado por Ivar Da Coll, en el que Andrés, el protagonista, después de muchas noches de pesadilla, logra que sus padres lo reciban para dormir en la cama grande, en medio de los dos, con un dragón que lo persigue y que también encuentra puesto en la cama familiar. “Si caben tres en la cama, caben cuatro, ¿por qué no?”, es la frase final del libro y ahí estaban los ojos de Ana, perdidos frente a esa estampa familiar que, en esos días, me habría gustado censurar o desaparecer. Un niño que dormía apaciblemente en esa cama grande, en medio de los padres, otra vez, otra vez, otra vez, miraba Ana, perdida en esa ilustración, pidiendo esas palabras que le recordaban que las mamás existían, que había niños que sí tenían mamá, que sí podían dormir con el papá y la mamá, en una cama, en una casa… ¿Por qué precisamente quería un libro que nombraba lo que ella no tenía, un libro que nombraba su pérdida tan reciente?

Hace unos meses hablé sobre esa elección de Ana en un coloquio en Buenos Aires y Mónica Weiss, mi amiga ilustradora, me habló de la necesidad que tenemos, después de una pérdida o de un accidente, de devolver el tiempo, con la ilusión de llegar justo a tiempo para evitar la tragedia. Merodeamos por ese lugar, intacto unos segundos antes, cargando esas preguntas tan inoportunas: ¿Qué tal que hubiéramos hecho esto o lo otro, que tal si hubiéramos pasado mejor por la otra esquina?, pensamos muchas veces y nos culpamos por no haber tenido la lucidez de saber, de presentir, de agarrar el objeto en el aire…a la mamá en el momento antes de irse, para cambiar el rumbo. Quizás por eso tenemos la pulsión de volver otra vez a ese instante donde estaba lo que aún no se había roto, a ese instante anterior, por si pudiera evitarse la ruptura, por si pudiera no haber ocurrido. En el caso de Ana, parecía reparador revisitar ese momento, en esa habitación, en esa cama, quizás la víspera, en la que todavía estaban todos juntos para habitar ese tiempo que ya no estaba, que no volvería nunca más, como en El Cuervo de Edgar Allan Poe.

Nunca más…  

¿Acaso no tiene que ver con eso la ilusión de la palabra, desde el comienzo de los tiempos, desde que los niños piden una y otra y otra vez el mismo relato para volver a traer la voz de la mamá, la voz que ya no está?

 

 

III

Dice Ana María Matute que a los escritores los une un nexo común: el malestar en el mundo. Yo me pregunto si, más bien, lo que ocurre es que dejamos constancia con palabras. ¿Será una variación a la idea de Toni Morrison sobre el oficio de la memoria que le corresponde a cierta gente, en ciertas profesiones? ¿Seremos los escritores y también, de cierta forma, los lectores, quienes oficiamos como notarios, como escribanos de ese malestar, de esa extrañeza, que empezamos a sentir desde la infancia? ¿Será el recuerdo de ese malestar el que ha dejado a la infancia sepultada, encerrada, sin válvulas para comunicarse con eso llamado vida adulta, como si aprisionarla entre los muros de un lugar común (el supuesto “paraíso de la infancia”) o subvalorarla pudieran ser mecanismos de protección para no mirar cómo éramos entonces, cuando teníamos tiempo de saber y de jugar y de temer, cuando no estábamos tan ocupados en nuestra vida adulta?

“Uno escribe siempre contra la muerte, dice la autora Rosa Montero en su libro La loca de la casa… Los narradores somos personas más obsesionadas por la muerte que la mayoría; creo que percibimos el paso del tiempo con mayor sensibilidad o virulencia. A lo largo de los años he ido descubriendo por medio de la lectura de biografías y por conversaciones con otros autores que un elevado número de novelistas ha tenido una experiencia muy temprana de decadencia. (Ella menciona a Nabokov, Conrad, Vargas Llosa, Kipling y nosotros podríamos evocar a muchos más)… Pongamos que a los seis o diez o doce años han visto cómo el mundo de su infancia se desbarataba y desaparecía para siempre de una manera violenta. Esa violencia puede ser exterior y objetivable: un progenitor que muere, una guerra, una ruina. Otras veces es una brutalidad subjetiva que solo perciben los autores y de la que no están dispuestos a hablar; por eso, el hecho de que no haya constancia de esa catástrofe privada no quiere decir que no haya existido. (Yo también tengo mi duelo personal y no lo cuento)”.

¿Y ustedes?    

Ana María Matute tiene un libro llamado Los niños tontos, una serie de relatos sobre niños que no encajan, como ha habido siempre, en todas las épocas, aunque en su tiempo se llamaran tontos o “la boba del pueblo” y ahora se llamen gordos, nerdos, inmigrantes, perdedores o les demos nombres científicos como niños con déficit de atención y los tranquilicemos con drogas como la Ritalina. En el prólogo de ese libro leo:

“Muchas veces he dicho que si yo escribo es porque no sé hablar… acaso tenga parte en ello el hecho de que fui una niña tartamuda: pero muy tartamuda… Como no podía expresarme igual a las otras niñas, como me sentía aislada del mundo que me rodeaba… mi infancia transcurrió, en su mayor parte, sumida en el desamor y en la soledad. .. la soledad de una niña cuyas palabras siempre hacen reír a sus compañeros en clase. Incluso a sus profesores y hasta a sus propios hermanos. Risas y burlas, que los años disculpan, pero que no pueden olvidarse… A mí me gustaba estudiar, y lo hacía, pero no podía recitar mis lecciones o responder las preguntas en mi clase. Y acabé siendo la última, con las represiones y amenazas que se suponen, y acabaron por arrinconarme y aislarme definitivamente…Así pues, ya que la vida o el mundo me resultaban ajenos, me rechazaban, por así decirlo, hube de inventarme el mundo y la vida… Después de preguntarme: ¿quién inventó mi vida?, decidí inventarla yo; y enseguida comencé a escribir. Y a descubrir que la soledad podía ser verdaderamente algo hermoso, aunque ignorado. Y de pronto, la soledad cambió su figura, se convirtió en otra cosa. Creció como la sombra de un pájaro crece en la pared, emprende el vuelo y se convierte en algo fascinante: algo parecido a la revelación de la otra cara de esa vida que nos rechaza. Así aprendí a ver el fulgor de oscuridad. Yo quería (al revés de los otros niños) ser castigada en el cuarto oscuro, para ver ese resplandor de la nada aparente. Y recuerdo que un día, al partir entre mis dedos un terrón de azúcar, brotó en la oscuridad una chispita azul. No podría explicar hasta dónde me llevó esa chispita azul. Pero creo que todavía hoy puedo, a veces, ver luz en la oscuridad o, mejor dicho, la luz de la oscuridad. Eso es lo que hago cuando escribo.”

Mientras escribo a tientas, vuelvo a evocar aquel viejo ejemplar de Sin familia y pienso que la literatura se atrevió a llevarme hasta el fondo del dolor cuando nada terrible me había pasado. Y me devuelvo más atrás para evocar, con El patito feo, mi sensación de no pertenecer a ninguna familia, y vuelvo a escuchar la voz de mi tía leyéndonos los cuentos de Óscar Wilde y pienso en la sensibilidad de ese hombre que fue perseguido por su homosexualidad, inventando historias cada noche para sus hijos Cyril y Vivian y diciéndoles que las cosas bellas siempre hacen llorar. Y me pregunto dónde pude haber aprendido más sobre la condición humana, más del dolor y de la maldad y de la culpa y la exclusión, y también de la belleza y la emoción y de la risa y del amor que en la literatura. Mientras los discursos de la vida cotidiana insistían en  educarnos, normalizarnos, moralizarnos, domesticarnos, mientras me enseñaban a no ser tan débil ni  tan tímida ni ser tan torpe ni ser tan vulnerable, mientras intentaba defenderme con la voz a punto de quebrarse, argumentar sin tener que levantarme de la mesa familiar hecha un mar de lágrimas y participar en clase sin ponerme colorada como un tomate, mientras me decían “eso no es nada” cuando tanto me dolía, la literatura mostraba otros caminos: lo que no se podía controlar, lo que no se decía en las visitas, lo que sí dolía. Y si cito estas viejas historias que leí cuando era niña es para reaccionar contra un lugar común que afirma que la literatura contemporánea para niños está descubriendo cómo abordar temas difíciles, porque de eso se ha tratado siempre. También de la risa y de lo bello y de lo bueno, pero unido a las lágrimas, a lo más esperpéntico y a la maldad: todo junto. Por eso nos hechiza, por eso nos fascina.

Más allá de ese escenario iniciático de la competencia que es la escuela y también de ese “corral de la infancia”, como llamaba Graciela Montes a esa campana en donde suele confinarse a los más pequeños y donde, a pesar de su terrible indefensión, no parecen tener cabida los vulnerables, los débiles, los enfermos, los ancianos, los perdedores, los que lloran –y peor si son hombres, porque se les dice “niñas” –, los malos deportistas, los miedosos, los que tienen pesadillas, en suma, los distintos, la literatura parece a la vez cama y dragón, memoria y pérdida, para volver a Ana. Frente a la imposibilidad de hacerle frente a lo que no se puede controlar, a lo que no es homogéneo ni predecible, a lo que implica una respuesta inédita, que no ha sido ensayada ni probada previamente, la literatura puede ayudar a lidiar con tantas emociones que pugnan en nosotros desde el comienzo de la vida y de las que poco suele hablarse con los niños, con la ilusión adulta según la cual no existe aquello que no se nombra. En ese sentido, tiene razón Rosa Montero cuando afirma que “tal vez, en realidad, todos los escritores escribamos para cauterizar con nuestras palabras los impensables e insoportables silencios de la infancia”.

Parecerían una paradoja esos silencios, en medio del bullicio y del flujo incesante de la vida cotidiana, con tantas entretenciones que no invitan a la reflexión ni a la elección sino a la participación inmediata, pero creo que todos conocemos esa mezcla de silencios y bullicio donde transcurren las vidas de los niños. (¡Basta pensar en un domingo en un centro comercial!)… Justamente por eso, los niños y nosotros también, los no tan niños, necesitamos encontrar un lugar apartado en donde sea posible hablar lenguas distintas a la lengua de la uniformidad. Si hace unos cincuenta años nos enfrentábamos al tabú del sexo, hoy el sufrimiento, la enfermedad, la muerte y hasta la gordura parecen también tabúes que conspiran contra ese mandato de la felicidad colectiva. Y así como reniega de los viejos, esta cultura también reniega de la infancia. Para seguir hablando de las niñas, muchas de las que hoy tienen seis o siete años celebran su cumpleaños en un lugar llamado Spa, con mascarillas y rodajas de pepino que les cubren los ojos y destierran sus infancias para luchar con todo lo que tiene de personal, de singular, de hereditario, de imperfecto el  propio cuerpo: ese cuerpo desaliñado y juguetón que es territorio de la infancia.  En esta misma ciudad de México, en la FILIJ[3], hablaba el año pasado de los niños varones de mi país que han sido víctimas del reclutamiento ilegal a una edad promedio de 11 años –de nuevo, esa edad: ¡los once años! –, y hoy quiero hablar desde las niñas porque las niñas también viven tiempos difíciles y no solo me refiero a las de Nigeria o Gaza o a tantas niñas de la guerra. Los cuerpos de las niñas, temo que en todos los países, son uno de los terrenos donde más proscrita está la diferencia. 

 

IV.

Lo cierto es que la infancia no es precisamente, o solamente, un paraíso y algo de eso que no solemos hablar ni reconocer en los niños parece ocultarse o revelarse, o las dos cosas a la vez, en la literatura. Como afirma el filósofo inglés Michael Oakshott al referirse a la cultura, podríamos también decir que la literatura permite“escuchar esa conversación en la que los seres humanos buscan eternamente comprenderse a sí mismos”, esa “invitación a estar interesados en lo que aún no se comprendió”. Ese mundo, no de hechos, sino de significados compartidos que se interpretan entre sí, va configurando otra dimensión, más allá de lo fáctico, otra capa de vida que podríamos llamar simbólica. Por eso, en situaciones difíciles como las que se afrontan después de una catástrofe –exterior o interior–, la memoria simbólica cobra tanta importancia.   

En La actualidad de lo bello, Gadamer nos recuerda el significado de la palabra símbolo:

“En principio, símbolo era una palabra técnica de la lengua griega y significa «tablilla de recuerdo». El anfitrión le regalaba a su huésped la llamada tessera hospitalis; rompía una tablilla en dos, conservando una mitad para sí y regalándole la otra al huésped para que, si al cabo de treinta o cincuenta años volvía a la casa un descendiente de ese huésped, pudieran reconocerse mutuamente juntando los dos pedazos”.

El símbolo era, pues, una especie de pasaporte, un pedazo de tablita que se guardaba y que se juntaba, tiempos después, con el otro pedazo, para reencontrarse con un antiguo conocido. Una vez más, la historia de las palabras resulta más elocuente que un tratado de hermenéutica.

“El símbolo, la experiencia de lo simbólico –sigo citando a Gadamer– quiere decir que este individual, este particular, se representa como un fragmento de Ser que promete complementar en un todo íntegro al que se corresponda con él; o, también, quiere decir que existe el otro fragmento, siempre buscado, que complementará en un todo nuestro propio fragmento vital… La experiencia de lo bello y, en particular, de lo bello en el arte, es la evocación de un orden íntegro posible, dondequiera que éste se encuentre”.

Esa evocación de un orden íntegro posible en el que parecemos reconocernos podría ayudarme a juntar tantas piedritas sueltas que he ido dejando en el camino: los libros de esa biblioteca que leímos con los líderes en busca de rutas que nos conectaran con la infancia… los ojos de Ana mirando la estampa de una pérdida, revisitando el reino perdido para siempre y reencontrado en las palabras…Las niñas que hemos sido, en distintos tiempos, todas: las lectoras, las escritoras, las contadoras: las Scherezadas que conjuramos la muerte hilando historias. Y, en ese continumm del lenguaje, la escritura como el trabajo de ir por la vida recogiendo y labrando piedritas para volverlas símbolos, para que cuando un lector las junte con las suyas sienta que alguien lo reconoce y lo llama por su nombre.

Esas lecciones culturales no son evidentes y necesitan aún ser enseñadas, en un sentido profundo que trasciende lo didáctico. Habría que enseñar, por ejemplo, y creo que esa es la razón que nos convoca aquí en este congreso, que los libros antes fueron voces de gente, historias de la gente, y que la experiencia de pertenecer a una familia humana también se refleja en un horizonte de conciencia común representado en el lenguaje. Que hay una lengua distinta para usar todas las facultades del cerebro y todos los registros de la voz, o mejor, para dar voz, a “esa acumulación de vidas sin contar” como decía Virginia Woolf.

En esa posibilidad de acceder a un conocimiento sensible, en esa lengua franca que nos habla de nosotros mismos y que nos hermana a todos, con las raíces humanas que compartimos, hay una promesa para construir, desde la bibliodiversidad, una polifonía. O para decirlo con las palabras del escritor Alessandro Baricco, “Todos somos una página de un libro, pero de un libro que nadie ha escrito nunca y que en vano buscamos en las estanterías de nuestra mente”.

 Quizás por eso, porque en el fondo todos somos niños únicos, niñas únicas, necesitamos leernos, envolvernos, albergarnos en palabras.

 

Yolanda Reyes

Ciudad de México, viernes 12 de septiembre de 2014.

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Baricco, Alessandro. Mr. Gwyn. Barcelona, Anagrama, 2012

Gadamer, Hans George. La actualidad de lo bello. Barcelona, Paidós, 1991

Matute, Ana María. Los niños tontos. Valencia, Mediavaca, 2000.

Montero, Rosa. La loca de la casa. Bogotá, Alfaguara, 2003. (p, 13, 14, 15)

Oakeshott, Michael. La voz del aprendizaje liberal. Buenos Aires, Katz editores, 2009   

 

 

 

 

[1] Ponencia magistral leída en el 34 Congreso Internacional de Ibby. “Que todos signifique todos”. Ciudad de México, viernes 12 de septiembre de 2014.

[2] El nombre de Ana es ficticio. La niña es real.

[3] Secretos que no sabemos que saben. Conferencia inaugural leída por la autora en el Seminario de Promotores de Lectura de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil, FILIJ, en noviembre de 2013 en la Ciudad de México.